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presente extremo:
cinco reflexiones

Vivimos en un momento donde los paisajes que habitamos parecen estables, pero cambian sin que lo notemos. La ciudad, la naturaleza, los materiales y hasta nuestras propias certezas se transforman con una velocidad que rebasa nuestra capacidad de comprenderla. En medio de esta inercia, la arquitectura —ese oficio acostumbrado a planear, fijar, ordenar— se enfrenta a un planeta que exige otras formas de mirar y de actuar.

Los textos reunidos aquí exploran, desde diferentes voces, la urgencia de repensar nuestra relación con el entorno construido y con las especies con las que coexistimos. Por un lado, nos recuerdan que el impacto ambiental de la construcción ya no puede entenderse como un asunto técnico, sino como parte de una crisis socio-ambiental más amplia que atraviesa desigualdades, extractivismo y agotamiento de recursos. Por otro, insisten en que el futuro es incierto por naturaleza, y que incorporar el azar, la interdependencia y la observación sensible puede expandir las posibilidades del diseño.


                       - PENSARQ_

El contexto del cambio climático
Jachen Schleich

La Tierra ha experimentado transformaciones desde su formación hace 4.6 mil millones de años, y continuará haciéndolo. Los primeros organismos, en forma de bacterias, datan de hace 3.8 mil millones de años. La vida terrestre comenzó hace aproximadamente 417 millones de años con las primeras plantas. A lo largo de estos eones, la biodiversidad ha fluctuado en ciclos de épocas glaciares y períodos cálidos, con especies que surgieron y desaparecieron. El cambio climático es inherente a este sistema planetario complejo; movimientos sutiles en el eje terrestre o tormentas solares pueden provocar cambios significativos en el equilibrio energético y transformaciones profundas en los ecosistemas.

La existencia humana, en comparación, es un micro instante en esta historia. El aumento de temperatura registrado desde la revolución industrial, impulsado por la quema de combustibles fósiles, ha sido extremadamente rápido.

La percepción del cambio climático es a la vez tan lenta que imposibilita que nazca un sentido de urgencia colectiva en la sociedad como fue el caso durante la pandemia de COVID-19, ya que la vida humana abarca solo unas pocas generaciones.

Confiar solo en la velocidad de los avances tecnológicos para la adaptación y mitigación al cambio climático no parece una buena estrategia; tiene y tendrá sus consecuencias y afectaciones sociales. Es más evidente cuando se entiende la crisis ambiental de manera más amplia que solo por el calentamiento global, hacia donde se direccionan los discursos políticos, de activistas y de nuevos campos de negocios de la economía verde.

Nos encontramos en una crisis socio-ambiental donde ambos aspectos de crisis son causa y efecto en el contexto de un sistema económico lineal extractivista basado en el crecimiento económico infinito que obvia el hecho que los recursos disponibles son finitos. Desigualdad, pobreza, migración, conflictos armados, hambrunas, sobrepoblación van de la mano con la pérdida de biodiversidad, la contaminación de aire, de los océanos y de los suelos, la deforestación, la escasez de agua potable, el inmenso desperdicio de plásticos, de alimentos, la acidificación de los océanos, la deglaciación de las capas polares.

La construcción representa aproximadamente el 50-60% del consumo mundial de materiales. Si consideramos únicamente el consumo de materiales minerales, la cifra llega a 80%. La cantidad de arena y grava necesaria anualmente para la producción de concreto es de aproximadamente 25 Gt. La extracción de recursos materiales a nivel global fue en el año 2015 84 Gt (11t per capita) y muy por encima del valor 8t per capita considerado “sostenible” por UN IRP (International Resource Panel). Se espera que la extracción de material de la corteza terrestre aumente hasta 186 Gt al año en 2030, más del doble que en 2015. Algunos materiales dejarán de estar disponibles en las cantidades necesarias en el futuro (por ejemplo, arena y grava o el litio), mientras que las capacidades de producción actuales no son suficientes para otros (por ejemplo, el cobre).²

Según datos de la SEMARNAT y el Instituto Nacional de Ecología (INE), se estima una generación de residuos de construcción de más 12,000 toneladas al día, lo que representa el 77% de los residuos de manejo especial en México³. A nivel global los residuos de construcción y demolición representan el 55%.

El ciclo de vida de la edificación “business as usual” implica extraer materia prima, transportarla a una fábrica, transformarla en un producto, transportarlo a un punto de venta, luego a una obra, construir una edificación, operar el edificio, darle mantenimiento, tal vez renovarlo al cabo de 15 o 20 años, demoler el edificio al final de su vida útil (50 o 60 años), transportar el escombro y depositar el escombro como un residuo.

Este proceso lineal se puede volver circular si se empieza a sustituir algunos de estos procesos con el objetivo de minimizar pérdidas. Un sistema circular significa alargar la vida útil de los productos/edificios al reutilizar, compartir, mantener y reparar; También recuperar los materiales como recursos nuevos al restaurar, reacondicionar, remanufacturar y reciclarlos. Los materiales de construcción renovables y de baja transformación industrial tienen el potencial de ser protagonistas en una industria de construcción circular.

 

² W. Sobek, Non Nobis - über das Bauen in der Zukunft (Non Nobis - sobre la construcción en el futuro), Band 1: Ausgehen muss man von dem was ist (hay que partir desde lo que existe), Stuttgart, Avediton, 4ta edición 2022, p.36.

³https://www.gob.mx/semarnat/prensa/presenta-semarnat-el-diagnostico-basico-para-la-gestion-integral-de-residuos-2020



 

Futuros inciertos
Elena Tudela Rivadeneyra

Generar parientes en parentescos raros problematiza asuntos importantes, como ante quién se es responsable en realidad. ¿Qué forma adquiere este parentesco, dónde y a quiénes conectan y desconectan sus líneas, y qué pasa con ello? ¿qué debe cortarse y qué debe enlazarse para que los florecimientos multiespecies sobre la tierra (incluidos humanos y alteridades-no-humanas en parentesco) tengan una oportunidad?

(Donna J. Haraway y Torres, 2019)

 

En Latinoamérica, donde se tiene una alta dependencia de empleos informales, vivienda precaria y carencia de servicios e infraestructura, la vulnerabilidad de sus pobladores y ecosistemas es creciente y poco monitoreada desde el diseño. En este contexto, la arquitectura comienza a explorar su potencial para reforzar un sentido de comunidad y colectividad entre sujetos humanos y no humanos, así como la empatía, la solidaridad y el reconocimiento de las poblaciones invisibilizadas y vulnerables. Hoy tenemos la oportunidad disruptiva, quizás temporal y fugaz, de configurar nuevos hábitos y dar cabida a espacios para la política, la crítica y la ética.

 

En el diálogo que necesariamente se establece entre arquitectura y paisaje hay ocasiones en las que no se llega a provocar un entendimiento sino una pugna. En esos casos ambos interlocutores pierden. Pero cuando en verdad se logra la conversación y el intercambio, una especie de contagio, de afinidad, de sintonía, conduce al reconocimiento de un código común y provoca que la arquitectura se convierta en paisaje y éste en arquitectura.

(Carlos Mijares, 2008).

 

Desde el diseño nos hemos resistido al azar, favoreciendo esquemas organizativos con cualidades de eficiencia, solidez y permanencia sin reflexionar suficientemente sobre las implicaciones de estas decisiones. Incorporar el azar en las prácticas del diseño extiende el proceso de diseño antes y después del desarrollo de la propuesta espacial y material específica, y amplía las posibilidades y los resultados ante lo inesperado. Esto es algo que no podemos ignorar ni evitar; el tiempo y el lugar o contexto interactúan constantemente con el entorno construido e incorporan la incertidumbre a través de la cotidianeidad. Habría, más bien, que contemplarlo como una oportunidad para nuestra práctica, para utilizar nuestras herramientas conceptuales y técnicas al servicio de objetivos más ambiciosos en escala y para participar más activamente en las transformaciones que se requieren globalmente para sostenernos en este planeta junto con las especies con las que cohabitamos.

 

 

Quizá la observación de las cosas ha sido mi educación formal más importante; más tarde, la observación se transmutó en una memoria de estas cosas. Ahora me parece verlas a todas ellas dispuestas como utensilios en una bonita fila, alineadas como en un herbolario, una lista, un diccionario. Pero dicha lista entre la imaginación y la memoria no es neutra, sino que siempre vuelve a algunos objetos, de los que constituye también la deformación, o en cualquier caso la evolución. 

(Rossi y Moisés Puente, 2019)

 

 

La observación subraya la importancia de utilizar nuestros registros sensoriales para aprender y comprender la realidad. Las prácticas de observación no solo implican el ejercicio de la vista, sino también del conjunto de sentidos que forman parte de una experiencia. Conocer y definir el contexto es el paso indispensable para iniciar cualquier modalidad de indagación y proyecto. Necesitamos registrar e interpretar datos e información de la realidad para actuar de manera justa y responsable en ella. Si introducimos la experiencia como vector de nuestra práctica, podemos construir mundos que integran lo ambiental y lo social desde la intersubjetividad. Así, podemos alinear la imaginación con las intenciones y las necesidades y aspiraciones con la realidad. 

 

Para contrarrestar la abstracción de la geografía por parte del capitalismo, quienes se preocupan por el cambio climático deben hacer que la Tierra vuelva a ser visible en la conciencia política. Si el borrado de la geografía ha enmarcado una cierta mitología económica sobre la relación humana con el planeta, cambiar esta relación requiere una nueva mitología cultural que, como dicen Frédérique Aït-Touati y Bruno Latour, vuelva a aprender, como Atlas, a llevar el mundo sobre sus hombros, tanto el mundo como todo lo que hay sobre él.

(Ghosn y El Hadi Jazairy, 2018, mi traducción)

 

Nuevos lentes conceptuales y herramientas técnicas disponibles nos ayudan a navegar por territorios nuevos. Cuestionar ciertas nociones preexistentes y preconcepciones promete resultados distintos y mejores. Hay amplia cabida para que imaginemos nuevas posibilidades. También deberíamos cuestionar las definiciones con las que operamos, pudiendo redefinir, para cada proyecto, qué significan la naturaleza, la ciudad, el hogar, el espacio público, las áreas verdes, las infraestructuras, las normativas, entre otras. Hay también mucho espacio para re-imaginar nuestras ciudades desde temporalidades y escalas distintas. Surgen ideas para espacios públicos que no son estáticos sino que acompañan los trayectos diarios del transporte público; o nuevos conceptos de iluminación urbana que además de fortalecer la seguridad se preocupan por la contaminación lumínica y comunican información a las y los ciudadanos; interfaces urbanas que nos hablan del paisaje originario y de las otras especies que no siempre vemos pero que forman parte del hábitat y con las que tenemos interdependencias; nuevos formatos para disentir en opiniones en el espacio público y así incrementar la capacidad de ser escuchados sin violencia; nuevas relaciones entre el espacio privado que participa de lo público a través del agua de lluvia o del clima; nuevas posibilidades de introducir registros sensoriales sonoros, visuales y hápticos que medien entre programas, usuarios y espacios urbanos; extensiones de la experiencia museística en vialidades y plazas; la lista es infinita. Se van introduciendo en nuestros entornos urbanos nuevas perspectivas que colectivizan acciones, como atender las necesidades de cuidado, liberar normas sociales opresivas, entre ellas las de género, o reconocer identidades y necesidades diversas de nuestra especie humana y de las no humanas. Frente a lo adverso de las noticias diarias y a la violencia que nos rodea, son cada vez más visibles los actos de resistencia, resiliencia y empatía colectiva.

decisiones
emiliano godoy

Fragmento del capítulo “Y de decisiones”, del libro “El ABC del Diseño” que publicó Toronja Ediciones sobre el trabajo de Emiliano Godoy.

 

El diseño se entiende habitualmente como una herramienta para los negocios: llevado a cabo correctamente, el proceso debe traducir el brief entregado por el cliente en servicios o productos que cumplen cabalmente con los requerimientos solicitados. Esto incluye no solamente hacer lo que se solicita, sino buscar nuevas y creativas maneras de resolver los problemas. El diseñador debe ver más allá del brief y encontrar “lo que el usuario realmente necesita” o “lo que el cliente realmente quiere”. En cualquier caso, se asume que el objetivo principal es dar un servicio a la empresa o corporación, la cual lleva a cabo una actividad económica que está por encima de quienes participan en ella (ya sea la corporación, el usuario y el diseñador). Como si los negocios y, por tanto, el capitalismo tuviesen cualidades inherentes que eventualmente generarán bienestar para todos los involucrados.

 

El principal problema con esta manera de entender la disciplina del diseño es que todas las consideraciones éticas y morales son transferidas al cliente, quien decidirá si o cómo atenderlas. El diseñador se convierte, entonces, en un mercenario dispuesto a diseñar óptima y profesionalmente lo que se le solicite, independientemente de qué tan tóxico, inútil, contaminante o abiertamente maligno sea el objeto en cuestión. Este es un modelo de diseño estúpido, el cual revela una falta absoluta de parámetros para determinar su desempeño de manera independiente al dinero.

 

Así enseñamos diseño en las universidades y así lo practicamos en la vida profesional: no hablamos de qué hace a un diseño un buen diseño. ¿Usted quiere que diseñemos un campo de concentración? No se preocupe, somos los mejores. ¿Un rifle semiautomático? Por supuesto, vamos a crear el arma para matar más eficiente y atractiva. ¿Un anuncio para enganchar niños en el consumo de bebidas azucaradas? Sin problema, conocemos ese grupo demográfico y cómo lograr que sean adictos a sus productos.

 

A lo largo de mi carrera, inspirado e influenciado por muchos de los manifiestos y textos que invitan a una práctica de diseño que vaya más allá de la rentabilidad económica, he intentado establecer criterios claros que me permitan evaluar mi trabajo; que reflejen mis valores y me ayuden a tomar decisiones de diseño.

 

El resultado es un manifiesto de una sola frase: un buen proyecto es aquel que es ambientalmente regenerativo, socialmente equitativo, funcionalmente innovador, políticamente activo, económicamente distributivo, simbólicamente progresista, tecnológicamente evolutivo, culturalmente pertinente y que propone futuros deseables.

 

Estos criterios buscan que, ante cada decisión de diseño, podamos cuestionar si ayuda a que el proyecto sea, por ejemplo, ambientalmente regenerativo—en oposición a ser ambientalmente extractivista, tóxico o, en el escenario menos malo, solamente responsable o sustentable—.

 

Parafraseando a Paolo Soleri, el diseño no convierte una mala idea en una buena idea. Si diseñamos muy bien una mala idea, acabamos con una mala idea exitosa, deseable y rentable. El diseño es, entonces, una herramienta del mal. Lo que debemos buscar, más bien, es comenzar con buenas ideas y tomar decisiones a lo largo del proceso de diseño que, de la mano de criterios claros, planteen soluciones para un futuro deseable.

Procesos participativos para generar comunidades resilientes
Isadora Hastings

Establecer el valor económico requiere de desvaluar todas las demás formas de existencia e interacción sociales (Illich). El desvalor transforma aptitudes en carencias, ámbitos de comunidad en recursos, hombres y mujeres en mano de obra comercializable, tradición en carga, sabiduría en ignorancia, autonomía en dependencia.

                                                                                                       Gustavo Esteva


En un periodo de 21 meses, Guerrero sufrió el impacto de tres huracanes: Otis, de categoría 5 (en octubre de 2023); John, de categoría 3 (en septiembre de 2024); y Erick, de categoría 4 (en junio de 2025). Aunque estos fenómenos meteorológicos siguen un patrón cíclico, la crisis climática ha cambiado su comportamiento.

Los impactos de los desastres socionaturales son siempre profundos, pero la llegada de estos tres huracanes a las costas de Guerrero evidenció desigualdades estructurales que persisten en nuestro país. La persistencia de estas desigualdades estructurales nos obliga a reflexionar sobre cómo el impacto de estos fenómenos, aunque significativo para un gran número de personas, no las afecta de la misma forma.

Los programas públicos de reconstrucción, frente a desastres operan, la mayoría de las veces, sin diagnósticos integrales y sin considerar el derecho a la participación de las comunidades.

Desde hace 13 años, en Cooperación Comunitaria trabajamos de manera integral con las comunidades rurales, a través una metodología participativa que promueve la Gestión Integral del Riesgo (GIR). Se trata de conocer a fondo la estructura territorial y social del lugar. Mediante la convivencia, el diálogo, la asesoría y el acompañamiento, aprendemos en comunalidad y, en conjunto, proponemos soluciones que fortalezcan las estructuras constructivas tradicionales, así como las prácticas productivas y ambientales.

Frente a los desastres socionaturales que afectan año con año las regiones más vulnerables, proponemos una gestión integral del riesgo que coloca en el centro el derecho de las comunidades a la participación. Este enfoque recupera los conocimientos de quienes ancestralmente han habitado estos territorios.

Los huracanes, los sismos, las inundaciones, entre muchas otras, son una realidad cíclica, pero mediante la gestión integral del riesgo es posible mitigar la vulnerabilidad para prevenir las amenazas.

Con el objetivo de mitigar la vulnerabilidad y prevenir las amenazas, en Cooperación Comunitaria trabajamos un esquema integral y participativo, que se enfoca no solo en los efectos, sino en las causas de las vulnerabilidades, por lo que reconstruimos vivienda tradicional, pero la reforzamos para hacerla más resistente ante los huracanes, los sismos y otras amenazas naturales.

El hecho de recuperar la vivienda tradicional local, contribuye con el respeto de las formas de habitar, ya que además de adecuarse a las diversas culturas espaciales, el diseño y el uso de materiales naturales y locales, cumplen con funciones bioclimáticas. Asimismo, el uso de materiales naturales reducen de un 40 a un 60% las emisiones de Co2.

No se pueden evitar los fenómenos meteorológicos; por el contrario, la crisis climática garantiza que estos tendrán magnitudes cada vez mayores, pero sí podemos mitigar las vulnerabilidades a través de la construcción de viviendas e infraestructuras más resistentes.

Del río Cheonggyecheon y algunas buenas costumbres

JUAN CARLOS CANO

La costumbre enceguece. Ver cada día el mismo paisaje lo convierte en algo inamovible, como si cierta noción de permanencia lo mantuviera estático, como si la rutina diaria tuviera visos de eternidad. A pesar de esto, sabemos que todo cambia, que momento a momento ese paisaje inamovible se modifica y, sin percatarnos, se transforma en algo completamente distinto. Así un día, una ciudad, digamos Seúl, crece alrededor de un río, un río pequeño, digamos el Cheonggyecheon, que divide la ciudad en norte y sur y que eventualmente desemboca en un río más grande, el Han. La ciudad y el río tienen una relación larga, se construyen diques, puentes y casas en la ribera. Existe, hasta cierto punto, un equilibrio natural, sin embargo, poco a poco éste se rompe. La ciudad crece, utiliza el agua del río y le devuelve sus desechos. El río se transforma en un vertedero, la ciudad crece un poco más y necesita medidas higiénicas, así que se toma la decisión de entubar el río. La expansión de la ciudad continúa, un transporte veloz y eficiente es necesario, por lo tanto se construye una vialidad sobre el río y luego, cuando ésta se satura, se construye otra más encima de la anterior. La historia puede continuar así al infinito. El río es parte del pasado, una simple leyenda; mientras tanto la mirada, con esa extraña noción de costumbre, supone que las vialidades siempre han existido sobre el río ausente. Esta historia no es original, más bien es una constante que ha sucedido en distintos lugares, en distintas épocas. Un río más ha desaparecido. Ya estamos acostumbrados.

 

      Que la costumbre paralice no quiere decir que estos cambios hayan sido imperceptibles, entubar un río o construir vialidades elevadas no son actos particularmente discretos. El río Cheonggyecheon fue modificado en múltiples ocasiones. Se construyeron diques en el siglo XV, fue rellenado y dragado varias veces en el siglo XVIII y fue transformado parcialmente en drenaje subterráneo durante la ocupación japonesa de Corea previa a la Segunda Guerra Mundial. Para 1955, cuando muchas familias rurales emigraron a la ciudad después de la guerra de Corea y ocuparon las riberas del río, éste fue cubierto con concreto para ser utilizado como vialidad, y en 1971 se terminó la construcción de una vialidad elevada de 5.6 kilómetros de largo. Ninguna de estas obras fue planeada con malas intenciones, al contrario, todas ellas reflejaban el espíritu de su época, todas las intervenciones se hicieron con ansias de progreso y de modernidad, eran coherentes con sus valores. Hoy en día no es distinto, seguimos jugando al zeitgeist y no podemos escapar de él. Entendemos las condiciones actuales y actuamos guiados por ellas y por supuesto pensamos que no estamos equivocados y que las soluciones propuestas son las más pertinentes.

 

      Y sucede que hay momentos en los que pensamos que es mejor derrumbar que construir. La última transformación radical ocurrida en el río Cheonggyecheon, una destrucción sistematizada, es ejemplo de ello. En 2001, Lee Myung-bak, alcalde recién electo de Seúl, decidió hacer un cambio contundente, recuperar el cauce del río y demoler las vialidades existentes. Las obras comenzaron en 2003. Por todos los ángulos era una renovación compleja. En primer lugar estaba la cuestión económica, el proyecto de restauración costó $386 millones de dólares, en su momento la recuperación más costosa que se había hecho de un río. ¿Por qué gastar dinero en derrumbar algo que ya fue construido y que, por costumbre, funciona? Luego estaba el tema del tiempo, la obra tardó 27 meses en los que se tuvo que reubicar a los comerciantes que trabajaban en la zona y asegurarles que continuarían trabajando. También resultaba fundamental no alterar demasiado el flujo de transporte, por las vías rápidas demolidas transitaban 169,000 vehículos diarios, que tenían que seguir en circulación. Y por último, el río mismo constituía un problema puesto que su caudal era irregular si no es que prácticamente inexistente. Así que el proyecto no podía limitarse a una acción puntual, sino a un conjunto de propuestas simultáneas que formaran parte de un proyecto global a largo plazo que alterara lo menos posible la vida cotidiana, que transformara las cosas sin perder la costumbre.

 

      La transformación se llevó a cabo. 907,000 toneladas de concreto, varilla y cascajo surgieron de las demoliciones, de las cuales se recicló el 95%. Se construyeron 22 puentes y múltiples espacios de descanso a lo largo de la ribera. De algo sirvió el hecho de que la vialidad elevada se encontraba en pésimo estado y que para su reestructuración se necesitaban 90 millones de dólares y una obra de al menos tres años. Sirvió también que se formara un comité ciudadano presidido por el urbanista a cargo del proyecto, Kee Yeon Hwang, que hizo un trabajo de consulta con la población local donde el 79% de los habitantes estuvieron de acuerdo con la transformación del río. Sirvió también que para compensar el flujo vehicular se diseñó la primera línea de autobuses rápidos en Seúl a lo largo de 14.5 kilómetros por la misma ruta que la vialidad derruida. Quizá lo más complicado y polémico fue el hecho de tener que bombear agua del río Han para mantener un caudal constante y de tener mucho cuidado en separar las aguas pluviales del drenaje, pues durante las tormentas se corría el riesgo de contaminar el agua. El proyecto se terminó en 2005 y visto a la distancia, sólo se puede decir que fue exitoso. Lee Myung-bak, el alcalde, se convirtió en presidente de Corea en 2007. El comercio se incrementó, el precio de la tierra alrededor del río se incrementó entre el 30 y el 50%, el transporte cambió radicalmente, el flujo vehicular se redujo un 18% mientras que los viajes en metro se incrementaron en un 14%, y más que nada, Seúl tuvo la capacidad de regenerarse y obtener un gran espacio público.

 

El río vuelve, a pesar de la costumbre. El río se convierte en metáfora de la vitalidad citadina, una vitalidad que había estado perdida entre las nubes de una abstracción, la fe en el progreso que postulaba el siglo XX. Ahora sabemos que demasiada fe también enceguece. El espíritu de nuestro tiempo dicta que es necesario recuperar la relación intrínseca con la naturaleza. Por lo pronto pensamos que es lo correcto. Es sencillo ver los errores del pasado, pero es difícil ver las carencias del presente. Cheonggyecheon, una arteria vial saturada, fue transformada en lo que era antes, un río donde además se creó un espacio público donde los ciudadanos se reúnen, donde se vuelven a entender las estaciones del año, donde la vegetación tiene sus ciclos. Ahí también se conservaron algunos pilares de la antigua vialidad elevada como testigos del pasado reciente, las nuevas ruinas. Un proyecto que renueva la fe en nuestras buenas costumbres contemporáneas. Sí, un proyecto exitoso. Por el momento, hasta que el futuro nos vuelva a contradecir.

PENSARQ_ un proyecto de TAQ Arquitectura, con la colaboración de:

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